viernes, 4 de julio de 2008

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La mirada constantemente escudriñaba, seguía cada movimiento, desde el más rápido hasta el que imperceptiblemente seguía su camino hacia la derecha, sin dejar de ver el que podía notarse con mucha más claridad.

En algún momento la mirada dejaba de estar sobre la blanca cara que contrastaba con los pequeños detalles oscuros, en ocasiones brillantes, resaltados, luminiscentes, caros, para concentrase en otro lado, para dejar por un momento a la perfecta maquinaria hacer su monótono trabajo, casi en silencio, casi imperceptible pero completamente necesaria.

El miedo se volvía a hacer presente en determinados momentos, había días completos en que la mirada regresaba una y otra y otra y otra vez casi sin descanso, había momentos en que la mirada era demasiado triste, nostálgica. En alguna ocasión la mirada estaba ansiosa, en otra suplicante; alegre y despreocupada o definitivamente triste y desconsolada. Pero era un hecho que la mirada siempre estaría ahí y buscaría regresar acarreando el miedo o la sencilla necesidad de romper el cristal y salir corriendo.

El movimiento seguía continuo y se unía a otro mayor y a otro mayor. A pesar del terror que le proporcionaba saberse a merced de la mirada, no podía detenerse, no podía ser manipulado, ni cambiado. En algún momento pareció que la relación era simbiótica, en otras parasitaria, muchas veces entrópica, pero era una relación disoluble, necesaria y completamente entendible, quizá dependiente, a veces liberadora.

Las manecillas del reloj se aterraban casi hasta la parálisis al pensar que la mirada no las podría buscar más, en alguna ocasión quisieron saltar de su cautiverio para pedirle a la verde mirada que revisara su movimiento y su función, algunas veces sintieron lástima de la mirada enrojecida por un toque de mota (sin duda en otras también trataron de reír eufóricas), en un par de ocasiones el amor que sintieron fue indescriptible... la mirada las eternizaría en el fondo de la retina como un amuleto personal e intransferible.

Pero el miedo nunca dejó de estar ahí, tanto para el movimiento más rápido y continuo del segundero,
hasta para el de la manecilla que marca la hora, la cual se mueve casi imperceptiblemente, sin dejar de aterrorizar al minutero, el miedo de ser observadas en cada acción y cuadrante de la carátula las aterroriza al grado de querer romper el cristal de su cautiverio temporal y temporalizado. Hace poco las oí comentar que todas han pensado en juntar su fuerza (la de contabilizar el tiempo) y hacerlo: destrozar el vidiro y salir corriendo de las carátulas y dejarlas como ojos sin vida, redondas, blancas, eternamente abiertas y sin saber qué es lo que está pasando.

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